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| Un informe de su comandante le
negó la promoción por "vicios indecorosos",
pero otro jefe rectificó el dictamen y José pudo
llegar a ser oficial. Participó de las derrotas en Orán
a manos de los árabes, en Collioure frente a los franceses
y se encontraba en la fragata Santa Dorotea cuando fue apresada
por los ingleses. En los lugares de forzosa internación,
aliviaba su soledad de vencido tocando la guitarra y pintando
los crepúsculos marítimos en su caballete. Recién
en Bailén integró el ejército vencedor
frente a las tropas napoleónicas, pero sus ideas liberales
lo habían colocado más cerca de los invasores
galos que de los retrógrados defensores de Fernando VII.
Cuando uno de sus jefes, el marqués de la Solana, fue
ahorcado por las turbas en Cádiz acusado de "afrancesado
y traidor", y otro, el marqués de Coupigny, fue
privado del mando por haber nacido en Francia, se dio cuenta
de que no había ya lugar en España para los que
sostenían las ideas de tolerancia, ciencia y filantropía.
Miembro de una logia masónica, decidió contribuir
a las luchas por la independencia de las colonias en América,
con la esperanza de que allí pudieran ponerse en vigencia
los principios del liberalismo que la península rechazaba.
Tenía treinta y cuatro años cuando llegó
a Buenos Aires. Había habido en su vida mujeres cuarteleras
y "manolas" de vida alegre, pero seguía siendo
un hombre solitario y de pocos afectos. Se enamoró de
Remedios de Escalada, una jovencita de quince, y se casó
con ella pese a la oposición de su madre, quien lo calificaba
de "plebeyo" o lo llamaba despectivamente "el
soldadote". En la dominante logia del Río de la
Plata, José rivalizó con Carlos de Alvear, un
hombre menor que él y de inferior grado militar, pero
que descollaba por su inteligencia, su brillo social y su riqueza.
Se comentaba que el padre de Carlos, Diego de Alvear, en su
juventud había tenido de amante una india en Yapeyú,
con la cual había concebido un hijo. Esta criatura, bautizada
como Francisco José -afirmaba la versión-, habría
sido entregada al matrimonio de Juan y Gregoria de San Martín
para que lo criaran. |
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| De este modo,
Carlos y José vendrían a ser entonces medio hermanos
y, precisamente, a San Martín lo apodaron como "El Cholo"
o el "Tape de las Misiones", por su apariencia de mestizo.
Cuando José fue designado gobernador de Mendoza, se insubordinó
contra el director supremo, Carlos de Alvear, y contribuyó
a precipitar su caída. Al iniciar el cruce de los Andes, San
Martín envió a su esposa y a su pequeña hija
a Buenos Aires, a casa de sus padres. En Santiago de Chile tuvo un
romance con una dama y una noche, al visitarla en su casa, advirtió
que estaba compartiendo sus favores con un oficial bisoño,
el hermano menor de Manuel Olazábal. Prudentemente, Olazábal
dejó el campo libre a su general. Desobedeciendo las instrucciones
del gobierno de Buenos Aires, que le había ordenado volver
al Rio de la Plata para impedir las invasiones de los caudillos federales
del litoral, San Martín inició su expedición
a Perú con el grado de brigadier general de Chile, bajo la
bandera de este país y con su apoyo económico. Desembarcó
en Huaura, donde estableció su cuartel general por varios meses.
Por las noches solía visitar la estancia azucarera de San Nicolás
de Supe, donde sostuvo una relación con su propietaria, Fermina
González Lobatón. Una tradición peruana afirma
que el hijo que esta mujer tuvo nueve meses después, había
sido engendrado por Don José. Al llegar a Lima asumió
el protectorado (pese a que el mandato chileno lo había desaconsejado)
y allí mantuvo un "affaire" con Rosa Campusano, una
guayaquilena que había actuado como espía a favor del
bando patriota. Cubierta su cabeza con un velo y vestida con manto,
Rosa había distribuído más de una vez panfletos
subversivos y había ocultado en una casa a varios oficiales
españoles que habían desertado para pasarse a las fuerzas
revolucionarias. Don José se instaló en una residencia
en el pueblo de la Magdalena y allí solía atender el
despacho diario, que uno de sus ministros le llevaba desde Lima. Rosa,
que era soltera, lo acompanaba con frecuencia y, los sábados
a la noche, partían en lujosa carroza rumbo a las fiestas de
la capital, ella con vestido y zapatos de seda y él con su
nuevo uniforme de general, con abundantes hilos de oro. Cuando el
Protector incluyó a Rosa entre las cientodoce mujeres condecoradas
con la Orden del Sol, la sociedad tradicional limeña lo consideró
una afrenta. Resistido por los realistas por sus exacciones, y rechazado
por los republicanos por sus planes monárquicos, San Martín
no tenía tropas suficientes para vencer a los espanoles acantonados
en la sierras. Viajó entonces a Guayaquil a solicitar refuerzos
a Simón Bolívar, que vivía momentos de victoria.
Bolívar se los prometió pero en número muy insuficiente,
y Don José se deprimió al comprender que su hora había
llegado. Esa noche y a la manana siguiente, pareció consolarse
con la compañía de una joven viuda, Carmen Mirón
y Alayón, cuyos descendientes llevan hasta hoy el apellido
San Martín. Don José renunció al Protectorado
y viajó hacia su chacra de Mendoza, donde recibió una
carta de su esposa, a quien no veía desde hacía cuatro
años. Moribunda de tisis en plena juventud (tenía apenas
25 años), Remedios le pedía que fuera a Buenos Aires
a darle su último adiós. San Martín, sin embargo,
optó por quedarse en Mendoza y recién partió
varios meses después de su fallecimiento, a buscar a su hija
de siete anos. Le costó sacar a su chiquilla de la casa de
su abuela y marchó con ella a Europa, donde habría de
vivir casi tres décadas. Allí murió viudo y ya
abuelo, el 17 de agosto de 1850. |
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